LA COMPRENSIÓN AUDITIVA DE UNA LENGUA EXTRANJERA – PRIMERA PARTE

Para la mayoría de las personas, la comprensión auditiva de una lengua extranjera resulta un obstáculo formidable dentro del proceso de aprendizaje. Y es que ni quien la “enseña” -entre comillas, porque tengo mis dudas al respecto- ni quien la emprende está al tanto de lo que sucede en el sistema cognitivo. En la práctica, suele verse como un caso de “caja negra”; es decir, se sabe lo que ingresa y lo que se produce, pero se desconocen los mecanismos que han llevado al éxito o al fracaso de la comprensión.

Sería bueno decir que el primer paso a tener en cuenta es la percepción auditiva, que no tiene relación con el hecho de oir o escuchar exclusivamente. Cualquier tipo de percepción conlleva un proceso de interpretación de la realidad. Dicho proceso responde a suposiciones basadas en experiencias previas. En otras palabras, la percepción exitosa compara y/contrasta el estímulo entrante con patrones sensoriales y racionales que ya se encuentran almacenados en lo que llamamos “memoria de largo plazo”. Dicha zona de la memoria, de la que rescatamos información útil al enfrentarnos a cada nuevo estímulo proveniente del exterior, no permite el almacenamiento a menos que se cumplan determinadas condiciones. Como no es mi intención hablar aquí de las complejidades de la memoria o memorias de que disponemos, digo que sólo los items que hayan sido previamente dotados de significado tienen oportunidad de sortear los obstáculos que se les presentan antes de su llegada a la memoria de largo plazo. Si ello ocurre, ahí ganan permanencia y pueden recorrer el camino inverso hacia el “ahora” en que los necesitamos.

Un estímulo verbal cualquiera será reconocido y ubicado en la categoría a la que pertenece sólo si puede comparárselo satisfactoriamente con un patrón ya existente. A veces los estímulos no encajan en los patrones, o quizá el patrón adecuado no se encuentra disponible en un cierto momento. Es cuando esto ocurre que tendemos a creer que no hemos oido el estímulo, o que lo forzamos a encajar en otro patrón de características muy similares al que no tenemos o no encontramos.

Una anécdota personal ilustra el tema. Cuando yo tenía unos doce años, y llevaba varios estudiando inglés -aunque les recuerdo el número de horas al que equivalen los supuestos años, computado en el artículo de la semana pasada- no teníamos, como ahora, acceso a los viajes frecuentes, al cable, y ni siquiera a los grabadores de cinta. Con este paisaje de fondo, y de la mano de mi padre, me crucé en el aeropuerto de Ezeiza con un simpático desconocido que me sonrió y, sin detener la marcha, me dijo: ¡Tita!, con la pronunciación deformada de un extranjero.

Le comenté a mi padre que el señor me había confundido con otra persona, en tanto ése no era mi nombre ni sobrenombre. Mi padre se encogió de hombros y nos dirigimos a la entonces única confitería del lugar. ¿Qué es lo primero que veo? Al simpático señor tomando el té en una de las mesas. Y ahí se hizo la luz. Él había dicho “tea time”, no “Tita”. Pero mi patrón de reconocimiento correcto no había funcionado, desplazando el estímulo hacia el más cercano desde el punto de vista fónico. Si otros elementos del contexto hubieran estado activos, tal vez yo habría comprendido. Pero el único estímulo era sonoro, lo cual causó la desviación de la frase hacia algo ya establecido y familiar: un nombre.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s