RICARDO II Y LA LEGITIMIDAD DEL PODER – PARTE II

La obra comienza in media res, es decir, en la mitad de los acontecimientos, una técnica narrativa que se utilizó por primera vez en La Ilíada, y cuyo propósito es despertar un sentido de urgencia en el lector o espectador. 

Ricardo debe resolver una disputa entre su primo, Henry Hereford, también llamado Boligbroke (hijo de John of Gaunt, el tío paterno que ejerció la regencia durante su minoría de edad), y el duque de Norfolk. Henry lo acusa  de haber distraído dineros de la corona destinados al pago de los soldaddos, y de todas las traiciones y conspiraciones sucedidas en el pasado. Por supuesto, Norfolk lo niega, y ambos exigen la posibilidad de zanjar la cuestión en un duelo. 

Era creencia de la época que quien ganara un duelo en circunstancias como la descripta tenía la razón, puesto que se los llamaba juicios de Dios. Ricardo los había prohibido, razón por la cual se necesitaba su permiso para realizarlos. Luego de tratar en vano de disuadir a los enemigos, Ricardo permite el duelo, y pone fecha y lugar. Él asistirá. 

Esta primera escena ya muestra un rey débil. Él mismo dice: “No nacimos para rogar sino para ordenar”, usando el plural propio de las majestades, pero sin embargo cede ante la presión airada de estos dos hombres. 

La segunda escena es muy corta, y consiste en una conversación entre John of Gaunt y su cuñada, viuda de otro hermano de Gaunt, el duque de Gloucester, quien murió asesinado, sin que se supiera la identidad del asesino. La duquesa viuda se lamenta de esta situación, en la cual Gaunt asume alguna responsabilidad, en tanto no ha insistido en que se investigue. Ella parte a su castillo, diciéndole que su tristeza es tal que ya no se encontrarán en esta vida. 

La escena tercera retoma la cuestión crucial. A Coventry, el lugar señalado por el rey, acuden Bolingbroke y Norfolk, y se inician los rituales del duelo, que incluyen la presentación formal de los combatientes y sus razones. Inmediatamente después, debería empezar la lucha, pero Ricardo arroja su cetro a la arena y los detiene. Ha cambiado de idea. Decide que ambos deben ser castigados con el exilio: Bolingbroke ha de permanecer fuera de Inglaterra durante diez años, y Norfolk de por vida. La desobediencia se pagará con la vida. La razón que Ricardo esgrime para su decisión es que, a su parecer -y al de sus consejeros, con quienes ha conferenciado brevemente antes de hablar- es que, gane quien gane, los partidarios y amigos del vencido podrían aprovechar la ocasión para desatar una guerra civil, y él no quiere semejante cosa en su tierra. Sin embargo, también ha previsto -o le han sugerido- que estos enemigos de hoy podrían convertirse en amigos en el destierro, uniéndose contra quien los ha condenado rompiendo su propia palabra real. Así, les hace jurar que no hablarán entre sí ni vivirán en el mismo lugar una vez que hayan abandonado la isla. Y se retira, muy satisfecho con la manera en que ha solucionado las cosas. 

Satisfecho, pero desconfiado. Hace que otro primo, Aumerle, acompañe a Bolingbroke hasta la costa y se asegure de que en verdad parta. Quiere sonsacarle qué ha dicho Bolingbroke en el camino, y esto porque sus consejeros Bushy, Bagot, y Green le han hecho notar insidiosamente que Bolingbroke es demasiado amigo de los campesinos -de la “chusma”- a quienes Ricardo expolia con pesados impuestos para sus guerras. Le molesta sobremanera el respeto que la “gentuza” solía demostrarle a Bolingbroke, “como si fuera el rey”. Los tres consejeros lo tranquilizan, recordándole que ahora estará lejos mucho tiempo, y todos se preparan para sofocar una rebelión en Irlanda, aunque antes Ricardo visitará a su tío Gaunt (el padre de Bolingbroke y su antiguo tutor, recordemos), que está muy enfermo y pide verlo. 

Así concluye el primer acto, y quedan sentadas las bases del conflicto. Un rey injusto, que cambia de opinión como de sombrero, que desprecia a su pueblo, sólo útil para morir en los campos de batalla y para llenar las arcas de la corona, y que envidia el respeto y afecto que su primo despierta en aquellos a quienes él no se digna considerar. 

La belleza de los versos no es reproducible aquí, y es una pena. Para nuestro propósito, el tema se centra en lo que plantea el título del artículo.

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RICARDO II Y LA LEGITIMIDAD DEL PODER

Entre los siglos XIV y XV, Ricardo no era el heredero del trono de Inglaterra, ni estaba preparado para ascender a él luego de las muertes de su hermano mayor y de su padre  luego. Con sólo diez años, es coronado y puesto bajo la tutela de su sabio tío. Declarado mayor de edad a los 19 años, ya es libre de tomar decisiones propias, y concibe un proyecto de centralización absoluta del poder, que pretende lograr aniquilando financieramente a los grandes feudatarios ingleses. (¿No les suena conocida esta historia, en otro país y en tiempos mucho más cercanos?) Ricardo se alía en una guerra con los enemigos naturales de su país, y pone a Inglaterra en manos de malos adminsitradores, amigos suyos, y corruptos. (¿Por qué siento que se parece a algo muy próximo?)

Luego de muchos avances y retrocesos, pues carecía de poder de decisión salvo para las malas decisiones, pierde la corona a manos de quien luego sería Enrique IV, no sin antes perder a quienes lo sostuvieron durante los años de poder y corrieron a calentarse junto a Enrique cuando estaba claro que Ricardo se hundía. Lo cierto es que terminó abdicando en favor de su primo Enrique de Lancaster, no sin antes reconocer que debía reinar quien estuviera preparado para hacerlo, y no simplemente  quien tuviera derecho a la corona por la ley de herencia. Como Ricardo pertenecía a la casa de York, no tardaron quienes deseaban sacar provecho de la situación en iniciar una guerra civil, la llamada “Guerra de las dos rosas” -roja era el símbolo heráldico de los Lancaster, y blanca el de los York.

Hasta aquí, la muy resumida historia. Pero Shakespeare la relató con algunos cambios, pues esta es una escritura política, y él necesitaba defender la legitimitad de la Reina Isabel I, bajo y para quién escribía. Al pertenecer ella a la casa Tudor, rama de los Lancaster, había que dejar muy en claro que su antepasado Enrique no había usurpado el poder, pues si ello fuera cierto, la propia legitimidad de Isabel, bastante puesta en entredicho por sus propios contemporáneos por ser hija de la supuestamente reina infiel Ana Bolena, caía también.

De modo que veamos qué hizo Shakespeare con todo esto.