EL ROL DE LA ESCUELA

El rol tradicional de la escuela se relacionaba con la instrucción. Quizá algunos lo recuerden. La escuela pública, donde no había necesidad de retener “clientes”, se regía por normas estrictas de disciplina, que consistían en respetar a maestros, profesores, personal auxiliar y compañeros, cumplir con las tareas asignadas, y asistir puntual y regularmente en perfectas condiciones de higiene. Cuando estas normas se infringían, se aplicaban diversas sanciones según la gravedad del caso. 

En aquellos tiempos -parece que estuviera hablando de la época colombina- TODA la familia respetaba la institución educativa, de modo que cuando algún alumno era sancionado, sabía que habría otras represalias en casa. ¿Que soy un dinosaurio autoritario y represor? No. Es una cuestión de valores y escalas. Lo correcto y lo incorrecto viene marcado por un pacto social. De otro modo, el caos reemplaza al orden y todo vale. 

Gobiernos de distintos signos hicieron caer los niveles de calidad de la escuela pública a niveles vergonzosos. Todas las clases que quedaron dentro del sistema se refugiaron en las escuelas privadas, algunas de excelente calidad y otras francamente lamentables, pero con una cosa en común: satisfacción al cliente. ¿Qué quería el cliente? Primordialmente, la tranquilidad de que sus hijos estuvieran en un ambiente protegido y, luego, que se les dieran las herramientas necesarias para poder desempeñarse en la vida adulta. En otras palabras, educación. 

Cuando terminaron las dictaduras, el péndulo viró bruscamente. Se produjo una lamentable confusión entre la necesidad de orden y respeto y las estructuras opresoras. Resultado: el libertinaje reemplazó a la libertad. Concurrir o no a la escuela devino, en la práctica, optativo. Los maestros de los niveles primario y secundario impulsaron, con el beneplácito de las autoridades escolares, el trato de igual a igual con sus alumnos. Perdieron, en el caso de los más jóvenes, elementos primordiales de formación. Los más antiguos tenían dos opciones: amoldarse a las nuevas formas o dedicarse a otra actividad. Conjuntamente, en los hogares se alentaba el destrato. Comenzó a circular la fantasía de que los estudiantes tenían el derecho de elegir qué deseaban aprender y qué no, junto con el privilegio de juzgar y descalificar a quienes se encontraban al frente del aula. Todo esto aplaudido y alentado por las familias y frente al silencio cómplice de los ministerios. Las normas fueron reemplazadas por “acuerdos de convivencia” que nadie respetaba. 

Hubo y hay huelgas permanentes de los educadores por el salario. Se comprende que la vocación docente no es un apostolado, como nos quisieron hacer creer tanto tiempo, y que quienes tienen por tarea convertir a nuestros hijos en hombres y mujeres dignos y preparados para la vida merecen, no ya una reuneración digna, sino una superior a la de otras actividades con menor responsabilidad social. Aún así, no he visto huelgas por paliar el deterioro del sistema. Más aún, cuando yo ejercía la docencia pública, muchos dábamos clase pero no firmábamos el libro, de modo que no fueran los educandos quienes sufrieran las consecuencias de nuestros reclamos. 

Veamos qué sucede con quienes cayeron en la marginalización o semi-marginalización. Primero necesitan comer, condición elemental para que un cerebro pueda absorber conocimiento o pensar. Ciertas escuelas pasaron a cobrar importancia como fuentes de sustento. En el hogar, se vivía -se vive- un correlato desafortunado. Los padres no trabajan. Muchos por las cifras pavorosas del desempleo, otros porque, sumando los planes clientelistas, ganan más quedándose en casa, y otros porque, llegada cierta edad, no pueden volver a subirse al tren laboral. 

Como la responsabilidad, el respeto por el otro, y el derecho al trabajo se aprenden con el ejemplo, la conclusión a la que llegan estos jóvenes que tanto “ruido” hacen parece ser la siguiente, según de qué clase se trate: o la prepotencia conlleva más éxito que otros modos, o el esfuerzo escolar no iguala las bondades de figurar en la lista del puntero de turno, o no vale la pena el sacrificio si a la postre el que hizo su aporte a cualquier rama productiva es descartable. 

Estos jóvenes, justamente porque la juventud no se caracterizó nunca por mirar el largo plazo, no contabilizan los daños futuros, cuyas primeras víctimas serán ellos. Pero convengamos que la ausencia de los adultos juega un papel mayúsculo en la visión distorsionada que mucho preocupa pero poco ocupa. 

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3 thoughts on “EL ROL DE LA ESCUELA

  1. Education, teachers and students have all changed and I don’t know if it is for the betterment of all. Will it get any better? I doubt it because there seems to be a paradigm shift in the whole world. People’s values have changed drastically and it is reflected in the education system.
    Laurie.

    • Thank you for your thoughts, Laurie. The trouble is that, unless the paradigm adjusts to some civilized form of coexistence, we’ll be harboring criminals in our midst as the most natural thing in the world.

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