CRIA FAMA Y ECHATE A DORMIR

El dúo Cibrián-Mahler ha venido produciendo espectáculos excelentes desde hace años. Así, su nombre en las carteleras se convirtió en sinónimo de calidad. Ahora está en cartel Mireya – Un musical de tango, al que concurrí con enorme confianza de ver una obra excelente en clave de tango, uno de mis géneros musicales favoritos.

La puesta, fabulosa. Escenografía, vestuario, iluminación dignos de la mejor producción de Broadway, y me atrevo a decir mejores. Excelentes bailarines. Cantantes de buenos a olvidables, y una actuación memorable. Faltaba algo: la obra. 

Cibrián se habría propuesto recrear la supuesta historia de la rubia Mireya, de quien se habla en un tango titulado Tiempos Viejos, pero que conocemos mejor por su primer verso: Te acordás hermano qué tiempos aquellos… Ya se hizo algo parecido, con gran acierto, respecto de Madame Ivonne. ¿Por qué la segunda fue perfecta y la primera, la actualmente en cartel, un bodrio atómico, ya que fiasco no alcanza a describirla? Pues porque, con muy buen criterio, los creadores de aquella tuvieron el buen tino de construirla como farsa, mientras que Cibrián intentó orillar el melodrama… y cayó por el precipicio. 

En términos teatrales, una farsa exagera la realidad y constituye un subgénero cómico. Bien jugada, no pierde verosimilitud, entretiene, conmueve, pero nunca enoja. Un melodrama es una obra dramática con inclusión de música en la que se exageran los aspectos emocionales o lacrimógenos con la intención de llegar a la sensibilidad del público. Si no está muy bien manejado, no puede evitar el ridículo. Pues bien, este engendro, que intenta toques de humor como, por ejemplo, insistir en que no se trata de La dama de las camelias o su versión operística La Traviata, no es ni más ni menos que una versión bastardeada de cualquiera de las dos. 

Con el toque genial de que Mireya -¿mítica?- era en realidad una francesita llamada Mireille, idea que se le ocurrió a Julio Cortázar primero, hace ya mucho, llega al disparate de que la protagonista, que ha cedido el hijo que tuvo con el niño bien a la madre del cogotudo romántico y rebelde para que no se le cerraran las puertas de la sociedad, queda ciega a consecuencia del parto. Y lo peor es que lo dice en serio. He visto cegueras de todo tipo, inclusive histéricas, pero la ceguera obstétrica me dejó con la boca abierta. 

Desde el punto de vista del argumento, uno podría preguntarse si el autor se encontraba bajo la influencia de alguna sustancia inhabilitante o sabía con qué bueyes araba. Me inclino por esto último, porque el público terminó aplaudiendo de pie. Me queda la duda de si premiaban los grandes trabajos periteatrales y la excelente orquestación y ejecución -aunque el volumen de los instrumentos tapaba las voces- o realmente se había quedado fascinado con este disparate. 

Otra pregunta en el aire es el espaldarazo de la crítica. ¿Los críticos vieron otra obra? ¿Los críticos vieron la obra, o escribieron sus sueltos sobre una narración oral de la misma? Podría también haber sucedido que fueran persuadidos a apoyarla de manera poco ortodoxa, pero eso entra en el reino de las hipótesis de los malpensados como yo, de modo que me guardaré muy bien de hacer acusaciones que probablemente sólo sean producto de mi cínica y sucia mente.

En conclusión, perdí tiempo, que no me sobra, y dinero, que tampoco abunda. Para resarcirme, en cuanto llegué a casa busqué en YouTube la versión completa de una vieja película protagonizada por Rodolfo Bebán en 1969: Los muchachos de antes. No la octava maravilla del mundo, pero creíble y, sobre todo, digna. 

 

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