LAS CARAS DEL ARTE

Desde siempre, se discute mucho qué es arte y qué no lo es. Hay, por parte de ciertas elites, una tendencia a apropiarse del concepto y digitar la clasificación. Costó muchísimo lograr que las manifestaciones populares, masivas, o rebeldes a los cánones tuvieran su lugar en un mundo por demás cerrado y celoso. 

Digamos que el arte se manifiesta en un objeto -una pintura, por ejemplo- o en un hacer -las intervenciones callejeras, por caso. Lo que tienen en común todas las formas es que constituyen una representación de algo, teniendo en cuenta que la representación sustituye a algo que no se encuentra allí. 

El lenguaje es representación por excelencia. Sin embargo, no todo discurso es arte. Cuando nos comunicamos en términos fácticos, el lenguaje sirve, a lo sumo y con suerte, para entendernos, siempre que se codifique y decodifique dentro de una misma línea de pensamiento. Irónicamente, la mayoría de los malentendidos se produce a partir de la palabra. 

Mi instrumento es, precisamente, el lenguaje. ¿Cómo logro afinarlo, ubicarlo dentro de cierta estética, para que resulte artístico cuando lo necesito así, que es cuando escribo mis novelas? Sorpresa: al final del proceso creativo. Antes de llegar al lenguaje, mi mente necesita urdir una historia en imágenes, emociones, ideas, todo lo cual comienza como piezas sueltas de un rompecabezas que van encontrando su lugar hasta que puedo ver una totalidad armónica. Recién entonces recurro a mi instrumento. 

Podría creer, ingenuamente, que lo templo como si fuera una guitarra; que elijo la palabra justa o la figura literaria perfecta para la ocasión. Que mi conocimiento de la estructura sintáctica y gramatical, agregado al manejo de la metáfora, la metonimia, y otros recursos que les ahorro me convierte en timonel de mi barco. Pues no. 

Sucede exactamente al revés. Es el lenguaje el que se me impone y se elige a sí mismo. Recién en una segunda o tercera revisión puedo librarme de su dominio y cambiar términos, omitirlos, o dejarlos simplemente sugeridos. Pero aún así, una gran parte de lo escrito no es mi elección consciente. Esto, ¿le sucede a cualquier autor? Vale la pena analizar algunas obras de primer nivel para averiguarlo. 

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